El viento hace girar al molino.
Gira y gira…
Cree que se desplaza; que avanza, pero no es así.
Así somos nosotros. Mejor dicho, así soy yo.
Miro tu rostro, pienso en tu cuerpo, te veo o escucho tu voz, y me doy cuenta que toda tinta y todo papel no tiene sentido alguno.
Es como si pensara en no levantarme luego de tropezar y caer con la piedra.
¿Para qué? Si después lo haré de nuevo…
Cada vez que digo “nunca más”, estoy diciendo “otra vez”.
Repito una y mil veces los errores que me acercan a ti, para luego acabar solo, meditando y sufriendo.
A veces pienso que somos como las paredes de este cuarto; es muy lindo lo que formamos.
Un refugio, un reparo.
Pero siempre estaremos destinados al menor contacto posible; siempre habrá un abismo entre nosotros.
Puedo ser el muro más alto de todos, pero sé que jamás voy a llegar a ti.
Podré observarte, sentirte, respirar de tu aliento inclusive, más no te tendré…
Simplemente no puedo llegar a ti.
Y al final, siempre permaneceré contemplando al molino, reflexionando sobre mis errores, sobre el abismo imposible…
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